¿Es aún posible la Europa social?

Lo importante sería percibir señales que nos ayuden a entender para
qué van a servir los sacrificios

Joan Subirats         15 ENE 2012

Decía hace poco Barbara Spinelli que las raíces del proyecto europeo
no se basaban solo en conseguir una tregua permanente del uso de las
armas entre Estados que llevaban siglos enfrentándose de manera
sangrienta y que acababan siempre aniquilando a los más débiles de
cada ocasión. La prestigiosa ensayista recuerda que, si bien para
algunos esa misión está ya concluida al ser impensable el estallido de
una guerra en el espacio europeo, lo cierto es que la tarea no ha
culminado. El pacto, afirma, incorporaba la idea de acabar con la
miseria por “las mismas razones por las que antes se combatió la
varicela o la peste, para que la misma no infectase a todo el cuerpo
social”. Y así, de los delitos colectivos de las guerras y de los
totalitarismos, se salió con un pacto social en 1945 de asistencia y
ayuda mutua entre ciudadanos. Se hizo, además, confiando la gestión de
ese pacto al Estado, evitando que la lucha contra la miseria fuera
terreno exclusivo de la caridad canalizada por iglesias y
organizaciones filantrópicas. Y ello permitió construir un sistema no
aleatorio de ayuda al indigente, al excluido, al anciano y al pobre.
Como constatamos cada día, los males de la miseria y la desigualdad no
solo no se han alejado, sino que persisten y aumentan. Y por ello es
necesario reformular y reforzar el pacto europeo para evitar que la
desesperación, el odio hacia el otro, ahora inmigrantes, quién sabe si
mañana esos ancianos que viven demasiado, pueda acabar haciéndonos
volver a las andadas.
¿Es posible que Europa recupere y reformule ese compromiso social en
el nuevo contexto económico globalizado y financiarizado hasta el
extremo? Los hay que, como Spinelli, apuntan que la única vía para
ello es eliminar la deuda pública que convierte a los Estados, a las
instituciones públicas y a los contribuyentes en esclavos del sistema
financiero y (como conviene recordar hoy) de las agencias de
calificación, estableciendo así bases sólidas de crédito público que
protejan a los ciudadanos en tiempos de crisis. El ejemplo de Noruega
o de Alaska, con programas sociales muy potentes y con fondos públicos
de pensiones muy sólidos, se basan en algo que no es generalizable
como son sus reservas de gas y petróleo. Pero si estamos de acuerdo en
que conviene encontrar las bases públicas imprescindibles sobre las
que construir ese capital de todos y para todos, ahí tenemos el agua,
el aire o la tierra. El futuro de la nueva seguridad social debería
basarse en la capacidad conjunta de construir sobre los bienes
comunes, evitando la dependencia financiera y preservando el
patrimonio ambiental. El problema para otros, como Samir Amin, por
ejemplo, es que el capitalismo actual es un sistema financiero
integrado cuya lógica de apropiación es tan intrínseca que nunca
permitirán esa refundación de lo común. Y, por tanto, la conclusión es
que ya no hay espacio en el capitalismo actual para un nuevo
compromiso social. Toda perspectiva de volver a los modelos de
posguerra es, desde esta perspectiva, pura nostalgia. La única salida
es reducir la dimensión integrada y global de ese capitalismo
financiero.
El debate es significativo, ya que en uno u otro caso, la lucha por
reducir el déficit público y por salvar el sistema bancario se lee de
muy diversas maneras. Desde la perspectiva optimista
(¿neosocialdemócrata?), eliminando el déficit público estaríamos
poniendo las bases para acabar con la miseria. Desde la perspectiva
pesimista (¿transformadora?), no hay salida posible si no se cambia la
lógica del sistema. Más allá de esa dualidad simplificadora, lo
importante para mí sería percibir señales que nos ayuden a entender
para qué van a servir los muy significativos sacrificios a que estamos
sometidos, y que, como bien sabemos, no se distribuyen de manera
equitativa. Deberían darse, con cierta urgencia, pasos que permitan
apreciar la voluntad, no de regresar a un pasado que no volverá, ni de
dejar intocados muchos aspectos que hemos de reconocer que no
funcionan bien en los servicios públicos, pero sí de buscar alianzas
europeas para repensar problemas, buscar alternativas distintas para
combatir la desigualdad, contando con la gente afectada e implicada.
De no ser así, crecerán las posibilidades de nuevos episodios de
conflicto generalizado.
Joan Subirats es catedrático de Ciencia Política de la UAB.

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