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Viernes 22 de octubre de 2021
Josep Maria Casals

Josep Maria Casals

Director de Historia National Geographic

Sexo y poder en Roma

 

Hace casi un siglo que el escritor británico Robert Graves publicó los dos libros que mayor influencia han tenido en generaciones de lectores (y de telespectadores, después de su mítica adaptación a la pequeña pantalla por la BBC en 1976) a la hora de imaginar la vida de la primera familia imperial de Roma, los Julio-Claudios. Crímenes, conspiraciones, ambiciones, locura y desórdenes sexuales desfilan por las páginas de Yo, Claudio y su continuación Claudio el dios y su esposa Mesalina, dos novelas magníficas que beben en las fuentes clásicas y en las que el emperador Claudio narra su propia vida. Son dos relatos de extraordinaria verosimilitud, que no es lo mismo que veracidad. No son un ensayo histórico: Graves construye sus personajes como el escritor que fue. Por eso, su Claudio es un prorrepublicano de corazón (algo pero que muy incierto históricamente) que supuestamente esconde su inteligencia para pasar desapercibido y sobrevivir en la corte del depravado Calígula. Su esposa Mesalina es calculadora (posiblemente lo fuese), conspiradora (tal vez) y una mujer de sexualidad tan desbordante que actúa como la más experimentada prostituta (según una anécdota tomada de Plinio el Viejo pero de autenticidad más que dudosa). 

En realidad, Mesalina pagó con su asesinato su cercanía al poder y quizá su intento de ocuparlo, y terminó convertida para la historia en una mujer depravada. No fue la única. Agripina la Menor, la segunda esposa de Claudio (a quien se dice que envenenó) y madre de Nerón, quiso desempeñar un papel político que se negaba a las mujeres en Roma. También fue asesinada (por su propio hijo), y el retrato que de ella tenemos incluye rumores de incesto por partida doble, con su hermano Calígula y con su hijo Nerón

Por mi hijo, mato

La historia de Mesalina y Agripina, reveladora de la misoginia que caracterizó el mundo antiguo, resulta fascinante y tiene que ver con el hecho de que las acciones o los privilegios de las emperatrices de esta dinastía quedaban legitimados implícitamente por los derechos de que gozaban los varones más próximos a ellas –sus esposos o sus hijos–, lo que les confirió un papel preeminente en la corte y una influencia insólita en el gobierno. Claro que ésta fue también su limitación. Por una parte, dependían del ascenso de su hijo para garantizar su posición, de manera que recurrían a todos los medios para que llegara al trono. Por otra parte, cuando esto sucedía el papel de la madre quedaba limitado por el ejercicio de la autoridad del hijo, con lo que las relaciones entre una y otro podían ser tirantes (como en el caso de Livia y Tiberio) o mortales (como en el caso de Agripina y Nerón). 

¿Y Mesalina? No vamos a hacer spoiler del artículo que este mes le dedicamos en la revista, escrito por la historiadora británica Emma Southon. Pero sí resulta interesante señalar lo peculiar del caso de esta adolescente casada con alguien que para los estándares de la época era casi un anciano. Y con sangre mucho más noble que él, puesto que Mesalina era miembro de la familia Julia por los cuatro costados: como descendía directamente de la hermana de Augusto por ambos progenitores, su parentesco con el primer emperador era más estrecho que el del propio Claudio. 

El propósito de Mesalina fue el mismo que el de las otras consortes de los Julio-Claudios: se empleó a fondo para asegurarse de que la sucesión de su marido recaería en el hijo de ambos, Británico, nacido veinte días después de que Claudio fuera elegido emperador tras el asesinato de Calígula. Pero la actuación de Mesalina distó mucho del digno comportamiento público de Livia, la esposa de Augusto (aunque dignidad no significa impasibilidad: tal vez Livia no fue ajena al hecho de que murieran todos los miembros del linaje de los Julios en los que Augusto puso la mirada para convertirlos en su sucesor, lo que los convertía en rivales de Tiberio, hijo de Livia y su primer esposo). 

Sucedió que Mesalina, además de las habituales intrigas palaciegas y acusaciones ante los tribunales, no dudó en utilizar el sexo con aquella finalidad. Al menos, así parece desprenderse de nuestras fuentes. Por poner un ejemplo, una de las primeras víctimas que se le atribuyen fue Cayo Apio Junio Silano. El historiador Suetonio (que escribió unos setenta años después de los hechos), explica así lo que pasó: «Mesalina y Narciso, que habían urdido la trama, se repartieron los papeles. Narciso entró antes del amanecer, con aspecto agitado, en la cámara del emperador y le dijo que acababa de ver en sueños a Apio atentar contra su vida; Mesalina, fingiéndose sorprendida, dijo que también por su parte hacía muchas noches que soñaba lo mismo. Un momento después llegaba Apio, que la víspera había recibido orden terminante de presentarse a aquella hora, y Claudio, persuadido de que iba a realizar el ensueño, hízole prender y darle muerte en el acto. A la mañana siguiente hizo al Senado una relación de todo lo ocurrido y dio gracias a un liberto porque, hasta durmiendo, velaba por su vida». 

¿Por qué lo mató? Otra de nuestras fuentes, Dion Casio (que escribió cien años después de Suetonio), parece arrojar más luz sobre la trama. Cuenta que Claudio mandó llamar a Apio Silano «como si algo necesitara de él y lo casó con la madre de Mesalina», y que «durante algún tiempo lo honró entre sus más queridos amigos y como a uno de sus parientes más íntimos. Pero después, de manera repentina lo mató porque había enojado a Mesalina al no querer mantener relaciones con ella, que era la más promiscua y desenfrenada de las mujeres, razón por la que también se había enfrentado a Narciso, un liberto del emperador. Y puesto que nada contra él, ni verdadero ni creíble, se podía aducir, Narciso se inventó un sueño en el que decía que se veía a Claudio muerto por la mano de Silano. Narciso, inmediatamente, al alba, mientras Claudio estaba todavía en su lecho, tembloroso, le contó el sueño. Mesalina se sumó a aquella invención y la convirtió en algo aún más terrible. Y así fue como Silano murió, a consecuencia de un sueño».

Veamos. Cabe una interpretación psicológica de los hechos: la promiscua e insaciable Mesalina no pudo soportar el rechazo de Silano a su cortejo y orquestó su abrupto final. Pero también cabe una interpretación política. El difunto Calígula había nombrado a Apio Silano gobernador de la Hispania Tarraconense, donde tenía nada menos que tres legiones bajo su mando. En tanto que comandante militar y relevante miembro de la aristocracia senatorial, Apio Silano podía suponer una amenaza para Claudio (y, por tanto, para su esposa), o bien podía ser un aliado importante para Mesalina a la hora de asegurar su futuro y el de su hijo. Cualquiera de las dos razones explicaría que Mesalina lo introdujera en el círculo más íntimo de palacio, bien para controlarlo y después liquidarlo, bien para ganárselo. En este último caso, gracias a su influencia sobre Claudio, Mesalina habría logrado que el emperador convirtiera a Apio Silano en uno de sus colaboradores más próximos y lo casara con su madre, pero el rechazo del mismo Apio Silano a vincularse sexualmente con Mesalina lo habría situado en el campo de los enemigos de la emperatriz y habría precipitado su fin.

Traición, castigo y olvido

Sea cual sea la lectura de lo sucedido, los hechos vendrían a demostrar la habilidad política de la veinteañera Mesalina. Usando sus encantos sobre su marido e instrumentalizando a los corruptos libertos en cuyas manos Claudio había puesto buena parte de la maquinaria del Estado, la joven habría conseguido aislar al emperador en palacio, rodeándolo de un pequeño núcleo de personas –capitaneado por ella– en quienes el soberano confiaba plenamente, y que por ello gozaban de verdadera capacidad de gobierno (sin ir más lejos, Narciso estaba al frente del departamento ab epistulis, que se ocupaba de la correspondencia oficial del emperador, en lo que vendría a ser la secretaría general del Estado). 

Esta posición preeminente en la corte habría permitido que Mesalina fuese eliminando a quienes consideraba una amenaza –del mismo modo que le habría permitido gozar de una inaudita libertad sexual–, hasta que, quizás en un exceso de confianza, organizó un acto cuyo significado sigue sin estar nada claro para los historiadores: una boda pública con su amante Cayo Silio, mientras el emperador estaba fuera de Roma. ¿Se trató de un complot y la pareja pensaba acabar con Claudio y ocupar el poder? Esto es lo que le transmitieron a Claudio sus escamados libertos, que habían visto cómo Mesalina había llevado al cadalso a uno de los suyos, Polibio, mediante falsas acusaciones. Habían perdido su confianza en la emperatriz al percatarse de que las vidas de todos ellos dependían de su palabra; su alianza había terminado.

Todo son interrogantes sobre el final de Mesalina. Si aquella supuesta boda formaba parte de una conspiración, parece difícil no estar de acuerdo con el historiador británico Guy de la Bédoyère, que en su interesante libro Domina (sobre las mujeres de esta dinastía) califica el complot de «idiotez condenada al fracaso». Claro que el juicio de este autor sobre Mesalina sugiere que semejante final era inevitable: «Su falta de madurez y experiencia, unida a una indiferencia imprudente ante todo sentido común la hundieron hasta el cuello en la corrupción y la hipocresía. Tal situación fue a culminar en un plan absurdo de matrimonio bígamo y un intento de derrocar a Claudio con su amante». Bien, puede. Pero lo cierto es que Mesalina perdió su vida acusada de alta traición. Ése es el hecho fundamental y lo que determinó la destrucción de sus imágenes, su desaparición de las inscripciones oficiales, su condena al olvido. Esta dimensión política de Mesalina es la que ha desaparecido de la historia, sustituida por la caricatura de una mujer que era lo peor de lo peor en la mente patriarcal y misógina de los romanos: una pervertida que no sabía contener su libido.

¡Hasta la semana que viene!

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